Sergio González Rodríguez, ángel fieramente humano

Un periodista valiente es la mayor amenaza a la que se enfrenta la gangrena mafiosa si no lo pueden sobornar o silenciar de forma más directa. A pesar de intentarlo de las dos maneras, a Sergio González Rodríguez no pudieron silenciarlo. Ha tenido que ser un infarto cuando empezaba a disfrutar, en estos últimos años, de un prestigio internacional en el mundo del ensayo y del periodismo de largo alcance.

Es lamentable hasta decirlo, pero la muerte de Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950) el pasado lunes a causa de un infarto habrá alegrado a más de uno en México. Un periodista valiente es la mayor amenaza a la que se enfrenta la gangrena mafiosa si no lo pueden sobornar o silenciar de forma más directa. A pesar de intentarlo de las dos maneras, a Sergio González Rodríguez no pudieron silenciarlo. Ha tenido que ser un infarto cuando empezaba a disfrutar, en estos últimos años, de un prestigio internacional en el mundo del ensayo y del periodismo de largo alcance. Autor del monumental Huesos en el desierto, recibió el Premio Anagrama de Ensayo en 2014 por Campo de Guerra. El año pasado, la Feria del Libro de Guadalajara le concedió el prestigioso Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez por su trayectoria.

El Cuaderno 60 dedicó su dossier de portada a México bajo el título «Palabra de Juárez» gracias, entre otros, a la generosa colaboración de Sergio González Rodríguez. A modo de homenaje, y con la urgencia de lo imprevisto, rescatamos la entrevista que le hicimos en aquel momento y el espléndido artículo que Elena de Lorenzo escribió para la ocasión sobre Huesos en el desierto y Campo de guerra.


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El umbral perverso

Ciudad Juárez muestra una fuerza expansiva que se repliega hacia las lomas y los cerros bajo el cielo azul del desierto. En primavera, los tonos del territorio —inserto en la confluencia del Río Grande o Río Bravo, dos cadenas montañosas y El Paso, Texas— enlazan un tamiz gris, lo arenoso, el calcinamiento blancuzco, los matorrales amarillentos. En invierno, los mismos colores se atenúan y se funden con el velo espectral de las nubes o la niebla. A pesar de la luminosidad celeste que cae sobre el desierto, la urbe fronteriza luce pálida, aquí y allá descolorida. Algún reflejo metálico o un color restallante rompe la monotonía; la potencia solar y el polvo tienden una pátina cruda sobre las avenidas, las azoteas, el cristal de las ventanas, las láminas de zinc y los vehícu­los.

Como tantas ciudades mexicanas, Juárez presenta el aspecto de un enorme traspatio que alternara la multitud, el reposo de cosas obsoletas, el verdor esporádico, el asfalto irregular y las calles terregosas, con la eficacia de las máquinas, las telecomunicaciones, los servicios modernos, la industria de vanguardia. Una prótesis de concreto, alta tecnología, basura en los baldíos urbanos, que decoran el plástico, los baches, el óxido y los jirones de trapo. Ciudad Juárez sería también otra locación idónea para la música electrónica nortec, oriunda de Tijuana, Baja California: un ensamble de sonidos digitalizados de grupos norteños, ritmos categóricos, bandas tradicionales de Sinaloa y ecos «latinos».

[Huesos en el desierto,
Sergio González Rodríguez,
Anagrama]


Entrevista  / por Jaime Priede /

Sergio González Rodríguez: «ahora casi todo México es Ciudad Juárez»

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Llama la atención que un rostro pueda expresar tanta honestidad como capacidad de resistencia. Presentar tanta bonhomía como batalla. Parece fruto de un equilibrio arcano entre ambas. A estas alturas de su vida y hechos, no queda en él rastro alguno de ingenuidad, pero sí alguna chispa de un niño vivaz, resistente, que ha probado jarabe de palo. Hay en su mirada la del hombre actual, una conexión latente con todo lo que se mueve a su alrededor. Una mirada que delata una experimentada capacidad cerebral de analizar gestos e indicios en décimas de segundos.

Sergio González Rodríguez (Nuevo México, 1950), galardonado con el Premio Casa de Amèrica Catalunya a la Libertad de Expresión en Iberoamérica 2013, completa con Campo de guerra, Premio Anagrama de Ensayo 2014, su trilogía dedicada al estudio de fenómenos extremos de las sociedades actuales. Campo de guerra analiza la tendencia geopolítica encabezada por Estados Unidos, que con el pretexto de combatir el terrorismo a escala mundial, impone el control y la vigilancia, tanto en el mundo físico como en el virtual, a partir de plataformas militares e impulsando el orden paulatino de grandes corporaciones, cuya sinergia en el espionaje a gran escala, a cualquier escala, se está comenzando a revelar.

Dicha trilogía, cuya hermana mediana fue su interpretación acerca de las decapitaciones y usos rituales de la violencia en El hombre sin cabeza (Anagrama, 2009), comenzaba con un escalofriante reportaje sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. El título nos remite a determinadas secuencias del cine, pero en este caso son huesos reales en un desierto vera


Jaime Priede.Huesos en el desierto denuncia tanto los crímenes misóginos ocurridos en Ciudad Juárez como el drama profundo de un país convertido en el reino de la impunidad y la imposibilidad de justicia. «El Estado de derecho en México es una ficción», se puede leer en sus páginas. Una afirmación que se hace presente en la mente del lector de forma constante ante los documentos, testimonios, indicios y evidencias que se acumulan en el libro. Mientras avanzaba en la lectura, pensaba en usted como individuo, en la posible soledad y frustración de su compromiso con la verdad. En este tipo de investigaciones siempre faltan verdades finales, verdades compartidas. Parece que la búsqueda de la verdad siempre se concreta en una lucha contra el poder, no solamente contra la maldad. ¿Hay siempre una insatisfacción, un fracaso, ante esa imposibilidad de cerrar la verdad?

Sergio González Rodríguez.Al inicio de mi investigación sobre los asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez ignoraba yo la trascendencia de los crímenes. En ese momento, el imperativo era informar acerca de una situación anómala. La urgencia en torno de la verdad vendría con los años. Cuando uno vive como yo en un país como México, muy pronto sabe que, en cuanto a las instituciones, habrá escasos resultados. Soledad, frustración, insatisfacción, imposibilidad son conceptos (o sentimientos, o percepciones) que carecen de significado cuando se realizan investigaciones como aquellas. Es decir, puede más la obcecación de insistir una y otra vez que el olvido. ¿Por qué? Porque el resultado de las omisiones o comisiones institucionales, en mi caso, fortalecen mi persistencia, mi capacidad crítica. Así ha sido hasta el momento, por lo menos.

J. P.La mujer y su papel social devaluados en las ciudades fronterizas. Esa ideología patriarcal para la que toda mujer es por naturaleza pecadora y debe ser castigada. Ella no tiene poder y no se asume con poder, pero su progresiva independencia económica y sexual es la fuente de rencor masculino, de una barbarie a veces contenida y a veces expresada en toda su crueldad. Supongo que está al tanto de la creciente violencia de género en España durante los últimos años. ¿Al final los crímenes contra mujeres se producen por una fantasía masculina?

S. González Rodríguez.En gran parte la violencia misógina proviene de las fantasías de reafirmación masculina, del machismo más arraigado. Pero también hay un entorno violento que favorece dicha agresividad, y no me refiero tanto a las narrativas del cine o la literatura, sino al fundamento agonista del ultracapitalismo, su ontología de la violencia y la guerra que reclama la supremacía de la especie humana sobre las demás y sobre la naturaleza, y en ella el hombre (individual, egoísta, rapaz, guerrero y entregado a satisfacer todos sus deseos, por delirantes que sean) es el modelo de modelos.

J. P.El escritor suizo Friedrich Dürrenmatt escribió: «Nuestra razón solo ilumina el mundo de un modo insuficiente. En la zona crepuscular de sus límites tiene lugar toda paradoja». ¿Cómo se vuelve tras haber indagado una y otra vez en esa zona crepuscular?

S. González Rodríguez.Lo de Dürrenmatt es una derivación de Nietzsche, cuando afirma por una parte que cuando se observa el abismo no hay que olvidar que al mismo tiempo el abismo nos puede observar también; y: quien no tiene alas no debe tenderse sobre abismos. Hay que mantener una actitud vigilante (autocrítica) para evitar que el abismo lo trague a uno; o bien, hay que alternar, como me gusta hacer, la observación del abismo con otras actividades menos riesgosas. Encarar el crepúsculo puede hacer que uno se vuelva crepúsculo a su vez, incapaz de discernir las diferencias necesarias. La zona del umbral debe agudizar la perspicacia.

«Al inicio de mi investigación sobre los asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez ignoraba yo la trascendencia de los crímenes. En ese momento, el imperativo era informar acerca de una situación anómala. La urgencia en torno de la verdad vendría con los años»

J. P.Una de las citas que abre Huesos en el desierto es de El caballero y la muerte de Leonardo Sciascia. La secuencia en la que se hace referencia a una Constitución no escrita cuyo primer artículo reza: «La seguridad del poder se basa en la inseguridad de los ciudadanos». Supongo que lo ha constatado muchas veces durante el proceso de investigación de Campo de guerra, recientemente galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo 2014…

S. González Rodríguez.El aserto de Sciascia recuerda la dialéctica del amo y el esclavo, consustancial al pensamiento occidental desde que Hegel la formuló mejor que nadie. Lo malo está en que el Estado soslaye que, desde su huella hobbesiana, los ciudadanos son expulsados de la noción de bien común y se convierten en adversarios o enemigos del poder político y económico por solo estar ahí. En Campo de guerra propongo la teoría del Estado alegal para comprender las disfuncionalidades de los Estados actuales, en particular, el mexicano.

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J. P.En el epílogo personal de Huesos en el desierto, usted deja constancia de las amenazas, los ataques personales y la violencia sufrida a causa de una pesquisa tan sistemática. Un balance necesario para cerrar el círcu­lo de lo expuesto, una especie de certificado de autenticidad hecho con su propia sangre, si me permite decirlo así. ¿Era usted consciente desde un principio de los riesgos que corría o hay un momento en que las cosas se complican y uno ni puede ni quiere dar marcha atrás?

S. González Rodríguez.Cuando comencé a indagar los asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez, nunca imaginé lo que vendría: no solo la ineficacia, ineficiencia, irresponsabilidad, corrupción, indiferencia de las instituciones mexicanas ante dichos crímenes, sino la negativa a aceptar su gravedad por parte de funcionarios, políticos, empresarios, periodistas, académicos, etcétera. El simbolismo de la sangre es muy útil para explicar mi testimonio personal sobre los hechos (accedí al estatuto de víctima yo mismo) además de la actitud de los negacionistas: quieren lavarse la mancha de aquellos crímenes, el estigma de sociedades que se niegan a encarar su propia historia. Mi inadvertencia inicial del trasfondo político y geopolítico de tales crímenes se transformó en un aprendizaje de vida que incluyó lo insospechado: la crueldad vengativa de quienes me secuestraron, torturaron y amenazaron. Que es similar a la de quienes niegan los hechos acontecidos en dicha frontera.

Nunca estuvo en Ciudad Juárez [Roberto Bolaño] y quería saber cosas de primera mano sobre la frontera, los criminales, las víctimas. Cuando en 2002 viajé a Barcelona a presentar mi libro, pude conocerlo en persona, y me contó que me pondría como personaje en su novela con mi nombre. Era una operación creativa que incluía un elemento real en su novela para hacer que la literatura pudiera afectar la realidad. O algo así. 2666 es una obra magistral, una cinta de Moebius donde un lado es mi libro y el otro su novela. Así quiero verlo yo, desde luego. Al estar dentro de la novela con mi nombre como el periodista que investiga los crímenes estoy con un pie en la ficción y otro en la realidad. Un privilegio extraño, pegajoso y desconcertante al mismo tiempo

J. P.No sé si ha leído la novela Gomorra de Roberto Saviano sobre la mafia italiana o la reciente Cero, cero, cero, sobre el narcotráfico. La escritura del primero le obliga vivir en clandestinidad, con constante protección, enclaustrado. Ni siquiera el envase de la ficción sirve de protección cuando uno se adentra en determinados mundos con la intención de desmontarlos, de mostrar su faz verdadera. ¿Pensó en algún momento en escribir una novela basada en sus investigaciones? Si cualquier hecho dramático puede transformarse en novela, ¿el país se acostumbra a no enfrentarse a sus interrogaciones reales?

S. González Rodríguez.Conozco y admiro la obra de Roberto Saviano, su peculiar compromiso por unir la denuncia y la mejor expresión literaria. Por mi parte he mantenido la ficción y la no ficción en ámbitos separados. Se trata de una decisión formal: la narrativa sin ficción no requiere del concurso de la fantasía para lograr sus fines (que para mí son, sobre todo, un asunto de conocimiento, información, crítica). La ficción ofrece múltiples posibilidades de reinventar la realidad, pero prefiero escribir ambas vertientes sin mezclarlas. Eso sí, he escrito texto de autoficción: relatos ficticios en los que me inserto como personaje real. Desde luego, nada de esta propuesta formal se halla en mis libros sin ficción. Hasta ahora, no he necesitado alterar dicho criterio, pero uno nunca sabe si el futuro lo exigirá y me entregaré a escribir una novela ficticia basada en hechos reales (que es lo que consumó Roberto Bolaño en 2666). Ahora, estoy comprometido en escribir una novela sin ficción, que, de acuerdo con el Diccionario de la rae son «hechos interesantes de la vida real que parecen ficción». El centro del relato lo ocupa la trama del poder en un caso específico de hechos acontecidos de orden público.

J. P.Usted aparece como personaje en 2666, la novela de Roberto Bolaño. ¿Habló a menudo con Bolaño sobre Ciudad Juárez? ¿Cómo valora el libro en ese contexto?

S. González Rodríguez.Tuve con Roberto Bolaño un intercambio de mensajes electrónicos, intermitente y difícil por intromisiones en mis comunicaciones, que a la fecha persisten. Aquello se dio entre 1999 o 2000 y 2002, cuando terminé y publiqué Huesos en el desierto. Roberto quería saber detalles de aquellos asesinatos contra mujeres, pues él escribía su novela 2666, que retomaba esa materia en una de sus partes. Se llamaría La parte de los crímenes. Conocía bastante del tema pero deseaba conocer más. Nunca estuvo en Ciudad Juárez y quería saber cosas de primera mano sobre la frontera, los criminales, las víctimas. Cuando en 2002 viajé a Barcelona a presentar mi libro, pude conocerlo en persona, y me contó que me pondría como personaje en su novela con mi nombre. Era una operación creativa que incluía un elemento real en su novela para hacer que la literatura pudiera afectar la realidad. O algo así. 2666 es una obra magistral, una cinta de Moebius donde un lado es mi libro y el otro su novela. Así quiero verlo yo, desde luego. Al estar dentro de la novela con mi nombre como el periodista que investiga los crímenes estoy con un pie en la ficción y otro en la realidad. Un privilegio extraño, pegajoso y desconcertante al mismo tiempo.

J. P.Catorce años después de la publicación de Huesos en el desierto, ¿sigue de algún modo comprometido con aquella investigación?

S. González Rodríguez.Ni un día he dejado de pensar en esos asesinatos, en las víctimas y en que los asesinos están libres. Escribo y persisto en aguardar que se haga justicia. No es nada grato vivir como el comisario de aquella novela de Dürrenmatt [La promesa], que incluso en el retiro continúa a la espera de atrapar al asesino, pero es preciso hacerlo. La memoria y la persistencia es lo menos que podemos hacer por las víctimas y sus familias. Sobre todo, ahora que muchos cómplices ideológicos de la barbarie contra las mujeres en Ciudad Juárez insisten en ahogarse entre la amnesia y la negación.

J. P.El libro ofrece también una perspectiva sociológica de Ciudad Juárez muy precisa: su nomadismo cultural, el tráfico incesante de personas, la sobrepoblación móvil, la internidad provocada por el exceso de personas y el exceso de desierto. Una ciudad de la frontera norte de México que se asienta en un territorio indeciso entre algo y la nada, como relata Barry Gifford en sus crónicas. ¿En qué ha cambiado desde entonces Ciudad Juárez? Promedio de edad de 22 años al comenzar el siglo XXI…

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S. González Rodríguez.Ciudad Juárez no ha cambiado mucho en estos años: eso sí, la vieja ciudad de los bares y las cantinas casi se ha extinguido. Es una urbe que vive del ramo de servicios y aún mantiene una fuerte industria maquiladora. Pero su calidad de vida es mínima entre las ciudades de México. Continúan la violencia, la explotación sexual y la violación de derechos de las personas, los sistemas estratégicos (como seguridad o salud) son insuficientes y malos, prolifera el pandillerismo y es grave el consumo de drogas entre los jóvenes. Y, desde luego, la violencia misógina y el feminicidio están lejos de ser erradicados. La degradación institucional que México ha vivido en los últimos años comenzó a detectarse en aquella frontera. En los años noventa del siglo anterior, advertí que si no se controlaba el desastre juarense, el problema se extendería. Le llamé el riesgo de «fronterizar» el país. Por desgracia, mi diagnóstico se cumplió. Ahora, casi todo México es Ciudad Juárez. Por ejemplo, la violencia contra las mujeres en el Estado de México se ha vuelto otro agravio mayor.

J. P.Hablábamos antes de Roberto Saviano. En Italia, el periodismo de investigación ha mostrado cierta debilidad al ser liquidado a golpe de censuras y demandas. ¿Ocurre lo mismo en México?

S. González Rodríguez.La censura y las demandas judiciales son las grandes amenazas en la actualidad contra el derecho a la información en todo el mundo. En México, por fortuna, ha habido un desplazamiento del periodismo de investigación desde los medios convencionales (radio, televisoras, prensa) hacia la industria editorial (libros) y el espacio transmediático: internet, redes sociales y nuevas plataformas de comunicación. Desde luego, el impacto, alcance y penetración varía y no llega a ser tan poderoso como cuando se maneja una noticia en el espacio mediático, que articula aquello que Ferrajoli definió como «poderes salvajes»: la fusión del gran capital comunicativo con la política, en especial, la política corrupta que suele tener nexos encubiertos con el crimen organizado. Aun así, en México es posible el periodismo de investigación de alta calidad.

La censura y las demandas judiciales son las grandes amenazas en la actualidad contra el derecho a la información en todo el mundo. En México, por fortuna, ha habido un desplazamiento del periodismo de investigación desde los medios convencionales (radio, televisoras, prensa) hacia la industria editorial (libros) y el espacio transmediático: internet, redes sociales y nuevas plataformas de comunicación.

J. P.El libro se abre con una cita de un proverbio europeo del siglo xv que dice: «Lege rubrum si vis intelligere nigram» («Lee lo anotado en rojo si quieres entender lo escrito en negro»). Creo que también podría aplicarse este proverbio a Campo de guerra

S. González Rodríguez.Sí, desde luego, y quizás resulta relevante recordar la frase latina que cito en Campo de guerra: «Inter arma silent leges» («En tiempos de guerra, las leyes callan»). Cuando se quiere que todo el mundo sea como un teatro de operaciones bélicas, donde los usos civiles de la tecnología y el gobierno colectivo se someten al modelo de control y vigilancia integral, y las sociedades se polarizan en beneficio de la industria de las armas, debemos replantear el futuro desde ahora y la urgencia de limitar tales excesos desde lo jurídico.


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En tierra de nadie

/ por Elena de Lorenzo Álvarez /

En Huesos en el desierto (2002) Ciudad Juárez es un locus eremus de barriadas sin luz eléctrica, baldíos solitarios y basureros clandestinos, unas modernas soledades por las que transitan autos con vidrios tintados y trabajadoras a turnos de las maquiladoras. Este lugar yermo, desértico, solo puede ser territorio de desdichas y engendrar muerte, huesos en el desierto: «La finísima arena al viento de Lomas de Poleo se traga las huellas. El silencio es avasallador. La sensación de inermidad se vuelve absoluta. El paso de cualquier persona se cancela en aquella tierra suelta que repele la memoria. Avidez ilímite y carencia absoluta se cruzan en Lomas de Poleo. Entre estos extremos debieron de situarse las víctimas en la víspera de sucumbir» (página 26).

A medio camino entre algo y la nada, Ciudad Juárez es también la frontera, un espacio impreciso donde los límites, no ya geográficos, sino morales y legales, se difuminan, como subrayaban las penumbras y los claroscuros del mundo de narcotráfico y corrupción de Sed de mal de Orson Welles (1958). Llevado al límite, este imaginario de la frontera de México y Estados Unidos como espacio de violencia y transgresión culminaría en potentes imágenes dignas de una Babilonia apocalíptica, como las de sangre, sexo y ritos satánicos de La historia de Perdita Durango de Barry Gifford (1991) o el vampírico bar de carretera con trasfondo de pirámide azteca de Abierto hasta el amanecer de Robert A. Rodríguez (1995); pero la frontera de Huesos en el desierto se asemeja más a esa twilight zone, esa dimensión crepuscular, desconocida, de que hablaba Robert K. Ressler —el criminólogo del FBI que acuñó el término de asesino en serie— precisamente para referirse a la frontera como una zona en que no se sabía bien qué era posible.

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En esa zona, fronteriza en todos los sentidos y crepuscular, se adentró Sergio González Rodríguez y de allí volvió con una historia insólita de violencia extrema, desolación y aterradora impunidad sobre el asesinato y la desaparición de cientos de mujeres que poco tenía que ver con la versión oficial que se fraguaba desde el Estado.

Esta culpabilizaba por imprudencia o comportamiento libertino a buena parte de las víctimas, minimizaba los hechos rebajando su número, acusaba a los grupos civiles de magnificar el asunto y cerraba los casos a golpe de raudas detenciones y ruedas de prensa: se aseguraba que la mayoría de los homicidios estaban resueltos con la detención de un multihomicida, que otros podían ser crímenes pasionales o circunstanciales y que las desapariciones podían ser voluntarias.

Frente a este discurso normalizador de la violencia generado desde diversas instancias del Estado —policía, jueces, políticos— y voceado por los medios de comunicación, surgió, una vez más, el nuevo periodismo y la no ficción. Del mismo modo que Rodolfo Walsh en Operación masacre (1957) o, por ceñirnos al marco mexicano, que Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco (1971), Sergio González fue armando un discurso alternativo, inverosímil pero real, capaz de contrarrestar la versión oficial, verosímil pero falsa.

Apostó primero por eso que llamaban nuevo periodismo, el relato demorado, ordenado, contextualizado, contrastado, de los hechos, frente a la cobertura informativa que obraba por acumulación de breves notas o sensacionalistas o aparentemente objetivas que solo voceaban las declaraciones oficiales —ese periodismo que llaman de dijismo y declaracionitis—. El canal importa: los reportajes se fueron publicando en el diario Reforma, una nueva cabecera que nació invocando calidad e independencia aquel mismo año de 1993 en que apareció la primera víctima.

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Con modos narrativos consolidados hace décadas, la obra cruza documentos y testimonios, pruebas y evidencias, y va alternando la historia del crimen con la historia de la investigación

Pero la investigación fue creciendo y esos reportajes se convirtieron en el hipotexto de Huesos en el desierto (2002), que entra ya de pleno en el campo de la no ficción. Con modos narrativos consolidados hace décadas, la obra cruza documentos y testimonios, pruebas y evidencias, y va alternando la historia del crimen con la historia de la investigación: hay lugar para el relato de los hechos («Una muchacha para nunca jamás», «La pequeña holandesa»), para el contexto en que se producen («La dimensión desconocida», «El mapa difícil», «¡Arriba el norte!»), para la historia de la investigación, que es tanto la construcción de la propia como la de la oficial («Cuentos crueles», «Los motivos del lobo», «Policías bajo sospecha»), y para la focalización de un puñado de protagonistas, como el acusado Sharif («La maldición de la tía bruja»), su abogada («La defensa imposible»), la fiscal («La ciudadana X»), R. Ressler («Un superdetective en la dimensión desconocida») o los políticos («La familia feliz»).

Sergio González consigue, al fin, establecer una serie de líneas argumentativas que la versión oficial de los hechos dejaba al margen: que nada de lo que sucede en la frontera norte es ajeno al tráfico de drogas y personas y a los víncu­los político-económicos de las mafias; que hay un patrón de violencia y que el denominador común de buena parte de las víctimas es que eran obreras y jóvenes con cierta independencia económica y sexual, donde se advierte una doble discriminación, por sexo y por clase social; que la misoginia no solo produce la violencia, sino que distorsiona la investigación y la cobertura informativa; que la policía y la justicia es negligente en sus diligencias, e incluso incurre en omisiones, destrucción de evidencias y torturas; que la esfera estatal se ha convertido en un teatro de simulaciones, teatro porque se inventan culpables y móviles y se manipulan informes, y porque se escenifican resoluciones para dar los casos por cerrados ante la opinión pública. Establecidos los hechos y demostrado que la actuación policial, judicial y gubernamental es incapaz de restaurar el orden, en el doble sentido de detener los crímenes y detener a los culpables, solo quedaba preguntarse por las razones de tanta impunidad y aquí topamos, de nuevo, con los modos del poder y sus complicidades con el crimen organizado.

Hay un patrón de violencia y el denominador común de buena parte de las víctimas es que eran obreras y jóvenes con cierta independencia económica y sexual, donde se advierte una doble discriminación, por sexo y por clase social

Como toda literatura vinculada a la narración de la violencia presente, Huesos en el desierto no solo narra para recordar —que también—, sino que narra para comprender y para intervenir en la realidad. Se trata de percibir la violencia y de cambiar la percepción de la violencia: por un lado, visibiliza unos hechos silenciados, con lo que evita la normalización de la barbarie; por otro lado, pasamos de un puñado de homicidios mayoritariamente resueltos a una narración del feminicidio (Sabina Berman y Elena Poniatowska hablan ya de un «holocausto de género»); y, por último, queda sobre el tapete la evidente ruptura de la normalidad social que resulta de una situación en que la violencia es consentida por un Estado que se ha retirado del espacio público, pues ni lo controla ni vela por sus ciudadanos, lo que supone una quiebra del estado de derecho.

Una enumeración de decenas de casos y cuerpos descritos breve y asépticamente conforme al lenguaje burocrático y forense constituye el cierre de la obra: «23/09/02, Erika Pérez, entre 25 y 30 años, cabello color castaño, blusa estampada con flores, pantalón y pantaletas debajo de las rodillas, correa del bolso alrededor del cuello, camino de terracería a partir del crucero de las calles Paseo del Río y Camino San Lorenzo», y así hasta llegar al 23/01/93, cuando apareció el cuerpo de Alma Chavira Farel, la primera víctima. Y como sabemos que no se trata de personajes ni de datos ficticios, ese listado que ya nada aporta a la argumentación trasciende el ámbito de la crónica y se convierte en una suerte de trágica letanía y laico responso, cuyo efecto intensifica esa cita final de Marcel Schwob: «Y tú me devolverás los cuerpos de mis niños y mis niñas».

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Podría decirse que donde termina la crónica de Sergio González comienza Roberto Bolaño La parte de los crímenes (2666, 2004): «La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior» (página 443), pues su armazón narrativa es precisamente una sucesión de casos y víctimas, ahora situados en Santa Teresa, unos plenamente identificables bajo identidades ficticias, otros ficcionales, pero plenamente verosímiles, no ya literariamente, sino conforme a los patrones reales de violencia.

Nada de modalidades oblicuas, elipsis, alusiones o figuraciones: aquí Bolaño literaturiza el mal mediante la acumulación reiterada de escenas de extrema violencia con leves variantes, siguiendo las leyes de esa no ficción que viene dando cuenta de la violencia en Hispanoamérica desde hace décadas, y en cuyo relato de los hechos, construido a base de acumulación de testimonios y evidencias, no cabe lo ambiguo, lo impreciso ni lo indeterminado.

Una vez más, la frontera, esta vez literaria, se diluye. En una hábil vuelta de tuerca, la novela utiliza los recursos de la no ficción, que a su vez se había nutrido de estrategias literarias para remozar el viejo periodismo. Del mismo modo, el propio Sergio González se convierte en personaje de 2666 (páginas 470, 581) y queda de nuevo situado en la frontera, esta vez, entre la realidad y la ficción: «No era un periodista de crónica policial, sino de las páginas de cultura», pero «a veces, pensaba, ser periodista cultural, en México era lo mismo que ser periodista de policiales».