“Descripción de la mentira”, 40 años de una verdad

Dentro del marco de los diversos actos que se vienen celebrando en torno al 40º aniversario del libro de Antonio Gamoneda “Descripción de la mentira”, uno de los más destacados por su interés, a juicio de El Cuaderno, ha sido el taller de lectura “El tiempo lee poemas”, impartido por Miguel Casado en La Casa Encendida de Madrid a finales de febrero.

Sin ánimo de ser categóricos, se puede afirmar que Descripción de la mentira de Antonio Gamoneda es un libro fundador para la poesía española contemporánea. Publicado en 1977, se celebra este año su 40º aniversario con diversos actos, encuentros y homenajes que tienen como pilar común la relectura de un libro que ha estado presente en la poesía española de manera creciente desde el mismo año de su publicación y ha sido leído por el propio autor a lo largo y ancho del mundo en los últimos años. Basta con escuchar los primeros versículos de su viva voz para que este libro provoque una empatía emocional en lo más hondo del ser humano. En primera persona, Antonio Gamoneda logra con Descripción de la mentira dotar de dignidad a lo frágil, a lo devastado por un contexto civil desolador. Más allá de la tendencia o escuela poética que cada cual asuma como propia en la poesía española, hay libros que se escapan a los anclajes y forman parte de un patrimonio común. Descripción de la mentira es posiblemente uno de los más significativos en ese sentido.

Dentro del marco de los diversos actos que se vienen celebrando en torno a este libro, uno de los más destacados por su interés, a juicio de El Cuaderno, ha sido el taller de lectura El tiempo lee poemas, impartido por Miguel Casado en La Casa Encendida de Madrid a finales de febrero. Miguel Casado participó en la edición de los dos volúmenes de poesía reunida de Gamoneda: Edad (1987) y Esta luz. Poesía reunida (1947-2004). Además, publicó en 2009 El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda (1987-2007). El taller que diseñó en esta ocasión en torno a la lectura de Descripción de la mentira se ha basado en un método de trabajo colectivo que propone una lectura detallada de los poemas para luego pensar el modo en que se construye la peculiar lengua poética de Gamoneda. La última sesión contó con la presencia del propio autor, que participó en la puesta en común del trabajo realizado y en un coloquio con los asistentes previo a la lectura final, abierta al público,  que tuvo lugar en al auditorio de La Casa Encendida.

A continuación, a modo de fotografías tomadas desde diversos ángulos, ofrecemos las impresiones de algunas de las personas que han intervenido en ese taller. El primero de ellos es Jorge Praga, licenciado en Ciencías Físicas, catedrático de Matemáticas en Enseñanza Media y profesor colaborador de la Cátedra de Cine en la Universidad de Valladolid. Es columnista y crítico de cine en El Norte de Castilla. Carole Gabriele, poeta provenzal afincada en Madrid desde 1993; es licenciada en Derecho y posgraduada en Derecho Notarial por la Universidad de Aix-en- Provence, donde obtuvo el Premio de los Abogados del Colegio de Marsella; historiadora del Arte diplomada por la Escuela del Louvre en París; ejerce también como traductora. Selena Simonatti es profesora de Lengua y Traducción española en la Universidad de Pisa; es autora de numerosos ensayos sobre poesía medieval y contemporánea, destacando entre ellos sus análisis de El Libro del Buen Amor; ha traducido al italiano a a diversos autores españoles y ha musicalizado numerosos poemas, entre los que destacamos los sonetos de Federico García Lorca con el arreglo musical de Stefano Perfetti. Carmen Crespo ha sido incluida en diferentes antologías y recientemente le hemos dedicado una entrada en este mismo blog con motivo de la presentación en Madrid de su libro Teselas, Premio César Simón de Poesía 2016. Finalmente César Iglesias, periodista y escritor, forma parte del equipo de El Cuaderno y ejerció como corresponsal en Madrid durante los tres días que duró este taller de lectura. Su perfil se puede consultar en este mismo blog.


participantes en el taller

Se podría decir que la lectura de poesía cuenta con el tiempo, que el paso del tiempo lee, interviene de manera decisiva en la lectura, ayuda a componer el texto en nuestros ojos. En el caso de Descripción de la mentira —libro que, en el momento de su publicación, algunos encontraron hermético y hecho de imágenes incomprensibles e inmotivadas–, este efecto del tiempo como lector resulta especialmente significativo. Y las páginas en las que se generaron inseparables el mundo y la lengua de un gran poeta aparecen con toda su potencia y apertura.

Miguel Casado


La yerba que crece en nuestra juventud

/ por Jorge Praga /

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Fotografía: © Ricardo Otazo

No sé si la obra de Antonio Gamoneda es, en el decir de sus versos, “la pasión de la inutilidad”. Inútil es desde luego preguntarse por ese adjetivo cuando se encara la literatura; la gran literatura que alberga Descripción de la mentira. Lo que sí me alcanza es el enredo pasional, y biográfico, que me trae y renueva esta obra en la que una de sus puertas se abre sobre la vida pasada, eje de muchos de los versos, o versículos, de este poema torrencial. Sus fechas y lugares de composición están incorporados en la rúbrica final: “León y La Vega de Boñar: diciembre de 1975 -diciembre de 1976”. León, las praderías de Boñar al lado del Porma, el tiempo profundo de un individuo que resiste su singularidad en mi memoria, que cruza sus días con los míos. Potestad de lector. Antonio Gamoneda vive en León en la calle Particular, a poco más de cien metros de mi casa de la calle Padre Isla. La calle Particular se acaba pronto, está cortada por una tapia que impide su salida natural a las fincas que se prolongan hasta San Marcos. La cercanía cotidiana deja a su mujer albergada en mi censo vecinal, visual. La reconoceré muchos años después, prendida del reclamo de él, en presentaciones de sus obras. Entre su casa y la mía hay un elegante chalet rodeado de jardines, abandonado desde que una bomba de la guerra civil, enterrada durante veinte años, explotó en las manos de los hijos del dueño, matando a varios de ellos. Mi padre camina por la calle Padre Isla, deja atrás ese chalet, luego la calle Particular, llega hasta el Banco que gestiona el dinero de sus negocios y se cruza cotidianamente con las atenciones de un empleado al que luego redescubrirá en el predicamento de la fama posterior. Un amigo del bachillerato alberga en su casa una hilera creciente de libros de poesía que trae su padre, empleado de la Diputación leonesa. Nombres nuevos en los lomos: Julio Llamazares, Agustín Delgado, Luis Mateo, Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas, José María Merino. La colección Provincia la dirige un pariente de la familia que, como ellos, llegó desde Oviedo en los años cercanos a la guerra. Un pariente que ha hecho sitio en la colección para un libro suyo, extraño, difícil: Descripción de la mentira.

Antonio Gamoneda ha sido, es, “una amistad dentro de mí mismo”. Las raíces de León me han empujado a una lectura de conocimiento que es en parte de reconocimiento, de vuelta a los sotos y las praderas en las que pronto desembocaban los confines de la ciudad que mira al norte: “voy a extender mis brazos y penetrar la hierba, / voy a deslizarme en la espesura del acebo para que tú me adviertas”. Una ciudad coronada por la catedral de vidrieras famosas: “Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos de la destrucción atravesados por una sola mirada”. Una ciudad en la que ese tiempo especial de la alargadísima posguerra es evocado y analizado en los versículos, rastreado en sus barrios obreros, anotado en los gritos que no acaban de apagarse. Un tiempo de origen inalcanzable, llegado de la memoria remota de la infancia: “Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer”. Un tiempo de muerte y tragedia, ni mitigado ni restañado, sellado en el dolor de las madres supervivientes, que unos versos comprimen en lo que Miguel Casado señala como la esencia de lo que ha venido a ser la Memoria Histórica: “Tierra desposeída de sus tumbas, madres encanecidas en el vértigo. / Es lo que queda de mi patria.”

Sobre ese suelo común se encabalga la biografía reconstruida del poeta: “mi fortaleza está en recordar; en recordar y despreciar la luz que hubo y descendía y mi amistad con los suicidas”. Vienen a mi cabeza ciertos cruces callejeros de aroma prohibido, aquella taberna de una calle estrecha en la que se nos prevenía de no estar en sus cercanías, el peligro de compañías o el compromiso de lecturas. Es el aire que vuelvo a respirar para hundirme definitivamente en el recuerdo tortuoso del poeta, en la destrucción que le atravesó y alcanzó a personas cercanas. En los matices de la cobardía, en los bordes de la traición, en la enajenación que alimenta los versos con una fuerza sobrecogedora. En la retirada despavorida que le privó de la escritura y casi de la vida: “Permanecí, permanecí, pero mi obra es la retracción, la retirada hacia una especie maternal / y la virtud de mis oídos se adelgazaba dentro del silencio.” El poema queda como testimonio personal de una vivencia y a la vez de un tiempo y un paisaje común, enhebrado en su propia furia, en su verdadera desgracia, en la falta de un asidero fiel, de un consuelo: “Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros”.


Variaciones o la pulsión de vida en la poesía de Antonio G.

 / por Carole Gabriele /

FOTO PARA MANDAR A CÉSAR IGLESIAS

Una impronta como una pequeña música sonando en mi cabeza, como una variación sobre la obra de Antonio G. Impresiones cruzadas, entrelazadas en una antífona resonando al hilo de los versos del Maestro. Éstos que él mismo quiere siempre y en cada momento, vivos y que por lo tanto somete, cuando lo estima necesario, edición tras edición, a reajustes o afinaciones. Y va cumpliendo así con su necesidad —vital—, de mantenerlos veraces, adecuándoles a su/la realidad temporal, que es perpetuo movimiento. De esta forma el poema, siempre semejante y siempre diferente, se sucede a sí mismo, cada variación igualmente válida a los oídos de quien lo escribe y quien lo interpreta, bien sea el poeta bien sea su lector, yuxtaponiéndose aquí los papeles del uno y el otro. He aquí una clara vocación musical que no ha de asustar sino cautivar al lector-oyente de poesía, convidado siempre a participar de esta misma sonata en cada una de sus reinterpretacíones.

Adquiere todo su significado la afirmación del propio Antonio G. según la cual la poesía no es literatura …sino realidad,… sino parte de la vida. (e“Palabras previas a la Lectura de poemas en la Residencia de estudiantes”, 28 de junio de 2004). Versos vivos en el tempo de su oído interno, variaciones musicales éstas relecturas, sucesivas reescrituras, reapropriación constante de sus propios versos en pro de la verdad poética, ¿quizá la única posible tras la mentira?

Como el director de orquesta imprime en cada obra interpretada y cada vez que la interpreta su huella y su instantaneidad, y estando la música marcada por su propia condición efímera, al cobrar para el profano las notas única, intensa y brevemente vida cuando escapan de la cárcel del pentagrama y del papel pautado para volver a su silencio, el poeta Gamoneda imprime en cada re-escritura y re-lectura su fuerza poética, entendida ésta como fuerza creadora, por medio de su voz atravesando el silencio que necesariamente le antecede.

Y ese darle voz a su Voz a través de la relectura de sus propios versos es lo que le permite seguir manifestando la coetaneidad de estos mismos, así como su propia vitalidad, por medio de un acto de re-creación continua y desafiante del tiempo. Instante hecho eternidad suspendida de lo inevitablemente efímero.

                                      No
sé. Nada de esto
tiene importancia. O
nada es posible, o
no hay
nada que resolver.

 

 Vuelvo, pues, al asunto;
a la teotóntica teoría
de la eternidad.
                                      ¿O no vuelvo?
                                                              Es
igual.

nos dice Antonio G. en su nuevo libro, La prisión transparente, cuyo ritmo sincopado, como en un movimiento pendular de libro en libro, de canto en canto, entre versos largos y cortos, nos conmueve sin dejar de manifestar esta pre-Ocupación por sorprender, cambiar,

                               evolucionar                 siempre

                                                en una           palabra

                                                                 VIVIR


Descripción de la mentira o la lengua del silencio

/ por Selena Simonatti /

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 Cuando el poeta se dispone a quitar el óxido que se había depositado en su lengua y vuelve a meditar con palabras sobre el proceso histórico y existencial que le había exigido o sugerido la “perfección del silencio”, se abre la prosa poética abismal de Descripción la mentira, como si de improviso se abriera un cráter en una tierra baldía y empezaran a agitarse las sustancias magmáticas del subsuelo. Es lo que me sugiere el cambio verbal repentino (del pretérito al presente) que marca, al cabo de unos pocos versículos, el adentrarse en los meandros de una interioridad que había quedado inmóvil, congelada o inerme durante el tiempo en el que había sido relegada a la “imposibilidad”: óxido, olvido, calcificado, rendición, huida, retracción son los vocablos que lastran, en forma de climax, un trayecto hacia el silencio, donde culmina el estadio existencial anterior al presente enunciativo en el que la voz poética va a situarse enseguida. En ese tiempo remoto de la imposibilidad, la invasión del silencio es anunciada por un oxímoron impactante. Se trata de la repetición del verbo escuché, que amplifica la rendición del sujeto y casi la convierte en algo irreversible:

Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,

escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso; quedaba  de mí;

escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,

y no pude resistir la perfección del silencio.

La sensación de irreversibilidad que despiertan estos versos, tan solo atenuada por un pretérito que da cuenta de una realidad cerrada y remota, hace aún más relevante el cambio que a va posibilitar una recuperación de todo lo que había sido negado o perdido: se está a punto de asistir a un proceso de “descongelación de la lengua” o de disolución del silencio, que la voz poemática de Descripción de la mentira nos presenta como algo in fieri, algo que se está realizando en el instante mismo de su enunciación y, sobre todo, algo fundamentalmente inevitable. Lo prueban el presente histórico de la narración, su correlación explícita con el adverbio ahora y la irrupción de algunas “invocaciones” que «han venido otra vez como líquenes inevitables».

La comparación con unos organismos vegetales cuya característica es la de ser unos parásitos especialmente resistentes confiere a semejantes invocaciones el carácter de un “acecho”: no son prodigios o presencias inmateriales del más allá, sino fantasmas espontáneos e inevitables de la conciencia, “rostros” y “manos” que se imponen al oído del poeta (lo invocan) y van a conseguir erosionar el silencio (“Vienen rostros… Son obedientes… es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días”). Esas especie de “musas” que preludian la palabra, que anuncian la lengua y la escritura, que “habitan” el oído de quien escribe poeta y exigen atención, no son las de los aedos o de los cantores épicos: no son invocadas, invocan. Su presencia es propicia y dolorosa a un tiempo. Desde el umbral del dolor y de la “desaparición”, ellas van a propiciar la belleza, van a posibilitar la poesía. Esta relación, fundamental en la obra de Gamoneda y que tantas veces ha sido subrayada como característica peculiar que la disocia de las tendencias poéticas de los años en que se publica Descripción de la mentira, asoma aquí en una de las imágenes que destilan el gesto lírico esencial del que se apresta a escribir desde el umbral de la devastación: «Sucio, sucio es el mundo, pero respira». Es esta la disyuntiva medular que estructura un discurso histórico-poético en el que se construye la voz de quien da cuenta y experimenta la superación de un obstáculo infranqueable: «aún hay luz sobre las ramas abatidas», se lee más adelante, como si en este persistir de la posibilidad o de la belleza se constatara el ritmo vital e inercial de un mundo del que se comparte el don (o el fracaso) de la supervivencia. La respiración y la luz, que son vida y persistencia de la vida, aparecen como la suprema constatación de una posibilidad, una concesión o una inercia cuya evidencia se impone a pesar de las ruinas. La palabra surge y la luz se constata a pesar de unas condiciones históricas y existenciales que les serían hostiles o incluso las negarían. Y es también la evidencia de la poesía que sobrepasa los límites de una concesión —y de una sintaxis concesiva o adversativa, en la que se ha venido reconociendo una de las constantes estilísticas de la poesía de Gamoneda. Es la recuperación de la palabra que coincide con la salida de la «habitación obstinada» donde se ha consumado el silencio: nótese la hipálage, que desplaza la atribución del adjetivo “obstinada” de sus referentes efectivos – el sujeto obstinado o las condiciones en las que permaneció, es decir, el silencio, el olvido, la imposibilidad— a su contexto inmediato o simbólico, el espacio cerrado de la “habitación”. Esta salida no solo supone que se haya encontrado una voz y una fuerza; no solo se configura en términos poéticos —el cese del silencio como vuelta a la escritura— sino que se hace portadora de un hondo sentido existencial, el que se transluce de la urgencia del recuerdo. Asimismo, es un hecho metalingüístico: busca y descubre una forma expresiva que se adecúe a las circunstancias y por tanto ilumine lo inaudito, pronuncie lo indecible y posibilite la imposibilidad. Y en efecto, la lengua poética de Descripción de la mentira condensa e intensifica la expresión o la exhibición de lo indecible. «Puedo hallar leche en frutos abandonados y escuchar llanto en un hospital vacío»: estas dos “imposibilidades” prefiguran una expresión que participa de lo cierto y de lo increíble, categorías en las que Antonio Gamoneda adscribió la poesía y sus manifestaciones en el discurso pronunciado en 2006 en ocasión de la concesión del Premio Cervantes («Increíble y cierto. Han venido a mí esas dos palabras y de inmediato me he dado cuenta de que sin saberlo ni dejar de saberlo yo estaba hablando de mis causas y mis convicciones: increíble y cierta es también la poesía»). Y si la posibilidad es algo que atañe a la «prosperidad de mi lengua» que «se revela en cuanto fue olvidado durante mucho tiempo», como se lee a continuación en el poema, es patente la íntima relación de recuerdo y escritura en la interrupción del olvido, lo cual construye una voz narrativa cuya función testimonial es ineludible. El poeta es un testigo de que la luz no ha oscurecido la muerte, de que la respiración no ha borrado la suciedad y la invisibilidad del dolor sigue perceptible, como el llanto en el hospital vacío – con toda evidencia, el hospital de San Marcos, convertido en presidio en los años del franquismo.

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El dolor sufrido, contemplado y compartido con la memoria y en la carne (célebres son las palabras de Simone Weil que Gamoneda recuerda en Blues castellano “el dolor de los otros entró en mi carne”) no se ha extinguido bajo el manto de la distancia y del tiempo. Pero la lengua elegida y capacitada para expresarlo, la que pueda “describir la mentira”, como promete el título de este largo poema fragmentario, no es en todo caso la lengua de la verdad, es decir, la de la referencialidad directa, la informativa y denotativa de la realidad ni es, como advierte Miguel Casado, la lengua poética del compromiso social o la de Blues castellano, por ejemplo. Ha de ser forzosamente otra, porque la verdad es una lengua vulnerada, desposeída de realidad: la dictadura, la interminable posguerra, la represión cultural y política, el hambre, el sufrimiento, la justicia somera de los años del régimen la han prostrado, envilecido. Todo podrá recordarse —o aflorar asistemáticamente, como en la poesía de Gamoneda— en un lenguaje que descubre los recursos expresivos necesarios a la elaboración del dolor —y a la nunca acabada superación del trauma— en la multitud caótica de las voces narrativas, en la polifonía de los registros, en la transfiguración y en el desplazamiento de los significados consuetos.

Si realmente «murió quien pudo, / quien no pudo morir continuó andando», como escribió Ángel González en Sin esperanza con convencimiento para referirse al peso existencial de la supervivencia, lo difícil de la vida después de la devastación es un hecho que queda íntimamente relacionado con la escritura de esa post-vida, donde lo histórico y lo biográfico se entrelazan hasta difuminar sus límites.

La supervivencia es una muerte menor cuya consecuencia pueden ser la desconfianza en la insinuación de una fácil armonía del entorno humano, geográfico y natural. A esto apunta un poema tan emblemático como Paisaje, auténtica declaración de poética y de incertidumbre existencial:

Vi
montes sin una flor, lápidas rojas,
pueblos
vacíos
y la sombra que baja. Pero hierve
la luz de los espinos. No comprendo. Sólo
veo belleza.
                      Desconfío.

Los cauces expresivos en los que se deposita esa insegura y angustiosa recuperación del tiempo —con su pérdida continua o su búsqueda ciega entre la perplejidad, la afirmación vacilante y contradictoria—son el resultado de una lengua que tiende a la ocultación sistemática, a la negación perpetua, a la oscuridad. Esta “lengua del silencio” que atropella al lector con sus poderosos dispositivos retóricos y figurativos —mucho más que adornos o tropos de una refinada arquitectura de palabras, sonidos y figuras estilísticas— consolida la idea de que el tejido intrasimbólico y la red de referencias intratextuales de Descripción de la mentira son de un material tan impermeable y refractario a incursiones hermenéuticas de corte tradicional como para exigirnos el oído de la participación afectiva y la inteligencia del corazón, un estado pasional del pensamiento al que el poeta parece querer hablar. Y este ejercicio de empatía, casi tan imprescindible como la búsqueda de claves interpretativas que abran recorridos y entrelacen o yuxtapongan significados en el perímetro de la obra poética de Gamoneda, se convierte fácilmente en un camino hermenéutico paralelo y complementario.

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En la construcción de esta “lengua del silencio”, tan hostil y renuente a la determinación de conexiones lógicas o a relaciones de coherencia y univocidad y que, a pesar del ritmo y las imágenes sorprendentes que jalonan su lectura hipnótica, requiere la colaboración de todos lo sentidos, a cada paso, línea tras líneas se coagula la imposibilidad a obviar un lenguaje que no derive en la obscuritas, en el trobar clus, en una exposición cerrada y áspera, únicos caudales donde pueda discurrir el tiempo (insensato) de la existencia del ahora y el pasado inexplicable e inaudito del silencio que apenas se extingue y se acalla. El conflicto es latente en el corazón de quien nos habla desde el umbral de la muerte.

No sabemos hasta qué punto esa lengua, y la lengua en general, puede proporcionar una comprensión, una explicación: «¿La verdad está en la lengua o en el espacio de los espejos?». Es una disyuntiva que contribuye a presentar la realidad y la existencia como dilemas insolubles, donde verba (la lengua) y res (la evidencia de la realidad, lo que reflejan los espejos) resultan igualmente atrapados en un interrogante sin salida. Sin embargo, hay zonas aparentemente más ‘luminosas’:

Yo estoy naciendo en otra especie y el exterior es lívido. Mis animales desconocen la delgadez de vuestros cuchillos y existen números en mi alma que todavía no comprendo.

En mi saliva hay yodo y polución de alheña, pero mi lengua decolora sombras y enciende luces que ya no existían.

La descodificación de la realidad, incluso la interior (los números del alma), es un proceso inseguro. En estos versículos, la palidez del exterior, que se califica de lívido, contrasta con la “polución de alheña”, la decoloración de las sombras y el retorno de las luces. Esa cadena cromática que va del palor (lívido) a la luz (enciende luces), y que pasa por el ‘blanqueamiento’ de las sombras (supuestamente, con la atenuación de su negrura), parte de unas confusiones perceptivas que están asociadas al sabor ‘combinado’ de una saliva difícil de atragantar: el sabor corrosivo del yodo, elemento químico que tiene aplicaciones médicas pero que puede provocar lesiones y ser tóxico en dosis altas; y el “sabor rojo” de la alheña («Polvo amarillo o rojo a que se reducen las hojas de la alheña secadas», Drae) que ha contaminado la saliva, y que podría evocar su mezcla con la sangre. Son con mucha probabilidad las “sustancias soportables” del verso que viene a continuación, donde la forma interrogativa cuestiona indirectamente su declarada ‘soportabilidad’ (“¿Qué sabes tú de la mentira, qué sabes tú de las sustancias soportables?”).

Esa boca donde se encuentra el yodo y se expulsa (según otra lectura del vocablo bisémico ‘polución’) una sustancia roja se relaciona implícitamente con una alteración de los sentidos (la corrosión, la sangre) que podría encontrar sus referentes simbólicos en la ira, en el dolor, en la muerte. La lengua que se expresa a pesar de esto consigue ‘decolorar’ (lo negro de las sombras) y ‘encender’ (luces apagadas). La disyuntiva pero construye una oposición (‘a pesar de que mi boca esté empapada de veneno y sangre, ira y dolor…’) que vertebra, otra vez más, una concesión, una posibilidad. Es en esta ‘posibilidad’ – y en los lugares del texto en los que ella se asoma o se niega –  que se fragua el ‘tiempo de la reconstrucción’ aunque la voz poética lo prive sin cesar de la confianza, de la esperanza y de la certidumbre que serían necesarias a la comprensión absoluta y decisiva.

Se respira hasta el fondo el tormento de la perplejidad en esta lengua que parece permanecer en la clandestinidad del silencio.


[después de ‘Descripción de la mentira” de Gamoneda]

/ por Carmen Crespo /

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…                                                                                                                              todo comienza con el óx

sin embargo, fue una balsa/trecho movedizo – unos insectos
consagrados –  quienes nos convocaron

la memoria es obediente: una bóveda ancha –  iluminativa –  una
lengua nueva para fingir una existencia nueva

sobreesforzarse en la misericordia de la mentira      –  ese resto que
va a quedar siempre

la extrañeza como esqueleto/enzima levándonos, modificándonos la sustancia                                                                                                          –  la
verdad

 

en los metales   oído adentro   en sus manojos                                      –  la
perplejidad

qué pasión me/nos concierne     qué hendidura                                    –  ahora
qué   


Notas para un retrato del vigía

 / por César Iglesias /

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Antonio Gamoneda nunca supo del descanso, tampoco de los sábados ni de los domingos. Aún no lo sabe. Su laboriosa lentitud sigue siendo la de un “cansancio más profundo que tu hermosura”, la de aquel “que sueña con cuchillos”, la del que persevera en las tres vigilias para seguir rastreando bajo los párpados caídos y las cejas pobladas un interrogante que le (nos) atormenta: “Después del convencimiento y el olvido ¿qué pasión me concierne?” Y la respuesta sigue siendo idéntica a la anotada en una libreta amarillenta con más de 40 años: “La pasión de la inutilidad”.

Desde entonces han pasado 2.080 semanas. Tal vez, alguna más. Sin embargo, Gamoneda no ha estado ausente de sus designios durante estos otros cuarenta años. Los que cumple en los anaqueles un humilde volumen de tapas blancas y caja marrón con muy pocas palabras: Descripción de la mentira; con unas letra más baja, el nombre del autor y, a pie de portada, unas minúsculas referencias editoriales. Aquella edición de la colección de poesía Provincia, el volumen 39, salió de la imprenta un 9 de diciembre de 1977 y en León neviscó. Aún eran tiempos en los que las cigüeñas huían de los inviernos del noroeste ibérico, años en los que el hielo destrozaba el plomo de las cañerías de las casas, tiempos en las que los “hombres aptos para la administración de la muerte” imponían sus leyes, años en los que se gestionó el pacto de “la tortura (…) con las palabras”…

Aquel hombre que conoció desde los tres años todas las variedades de la orfandad, la paterna la primera, se crió con una madre amorosa y asmática, fue niño con la mirada enrejada en un balcón y testigo de la “extracción de hombres hacia lugares fosforescentes”, adolescente de madrugadas proletarias, mozo que vivió tiempos sin “tabaco ni esperanza”, resistente que iba a las “tabernas /amarillas a cambiar el silencio/ exterior por una voz humana”, esposo que viajaba en trenes “de campesinos viejos y de mineros jóvenes” para visitar a María Ángeles Lanza, maestra de escolares en los territorios de la caliza y la hulla, padre de Ana, Ángeles y Amelia, las tres hijas a las que tomó de la mano para advertirnos de que “no vayáis nunca solos a la carretera del norte”, camarada de los que “sabían gemir”, pero “fueron amordazados por los que resistían la verdad”, discípulo del “vigilante de la nieve” y compañero de tantos y tantos desaparecidos… Aquel hombre ejerce desde hace 86 años de guardián de nuestras pesadumbres, también de nuestros bálsamos, a veces de ciertas certezas y alguna esperanza.

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Ese hombre fue al que se le posó el óxido y el olvido en su lengua y el que “durante quinientas semanas” estuvo ausente de sus designios; ese hombre fue el que decidió abandonar “la retracción de la sombra” y salió de “la habitación obstinada” para encarar “los días grandes de la traición” y describir los eriales sin verdad, de la que “no ha quedado más que la fetidez de los notarios”; ese hombre fue y es un hombre “químicamente desesperado”, pongámosle nombre y ep Antonio Gamoneda Lobón, vigía de los venenos y de las revelaciones sombrías.

Descripción de la mentira fue materialmente escrito en doce meses, los que van de la muerte del sátrapa a los últimos días de 1976, donde los dignos y los justos aún residían en la derrota, pero también en el anhelo. Lo hizo en una habitación del piso familiar de una capital triste y gélida y en una casa de descanso conyugal y filial en La Vega de Boñar. Como dejó escrito. “Este es el año de la necesidad”, un año en el que las urgencias exigían penitencias, un año en el que la premura existencial y civil reclamaba decisiones. Fue entonces cuando Gamoneda se adentró en un verano emocional y se proveyó de suficientes “alquitranes y espinas y lápices iniciados” para dar cuenta de las “sentencias (que) suben hacia las cánulas de mis oídos”.

Y así se moldeó una escritura y un pensamiento, a partir de unas pocas palabras retenidas en la memoria tras un largo paseo a las orillas del Porma: “El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición”. Esas trece palabras fueron el esperma necesario que gestó, en el cansancio, pero también en el apremio, una escritura y un pensamiento seminal, un texto que modificó las dicciones y los raciocinios de las poesías ibéricas y que de piedra desechada se convirtió en roca angular.

Este hombre que viaja en ferrocarril, que ha vuelto a fumar tabaco de liar y disfruta del vino y de los higos es el mismo hombre que desde hace más de ocho décadas asumió la obligación de certificar en primera persona las líneas del sufrimiento universal, que trazó con su letra afilada la geografía de la desesperación para atisbar las sendas hacia algunas esperanzas, pocas, pero sí las de la decencia y la compasión sin lágrimas y con justicia. El es el vigía que nos lleva diciendo con sus sílabas tan negras como humanas que es posible en su “conmovido silencio” alcanzar “únicamente una despojada y aparentemente última paz”.


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La Casa Encendida
Taller El tiempo lee poemas impartido por Miguel Casado
Febrero 2017, Madrid