Vicente Luis Mora en primera persona

El Cuaderno ha contactado con Vicente Luis Mora en Estocolmo, donde impartirá en los próximos meses un curso universitario, y desde uno de los diversos no-lugares que ha de atravesar en su viaje hasta Avilés, nos envía una poética personal en marcha que, de un modo u otro, formará parte de su intervención en el Centro Niemeyer.

El ciclo Palabra e Imagen que se viene desarrollando en el Centro Internacional Niemeyer de Avilés bajo la coordinación de Javier García Rodríguez, miembro del consejo editorial de El Cuaderno, cuenta este próximo martes 14 de marzo con la presencia de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), uno de los autores españoles más interesantes de la actualidad en diversos registros.

Doctor en Literatura Española Contemporánea,  Vicente Luis Mora ha dirigido el Instituto Cervantes de Albuquerque (EEUU) y también el de Marrakech. Ha trabajado como profesor universitario y es experto en Propiedad Intelectual y Derechos de Autor. Es autor de los libros de poemas Mester de cibervía (Pre-Textos, 2000, Premio Arcipreste de Hita de Poesía), Nova (Pre-Textos, 2003), Construcción (Pre-Textos, 2005), Tiempo (Pre-Textos, 2009) y Serie (Pre-Textos, 2015). Ha publicado también la novela Alba Cromm (Seix Barral, 2010), el libro de relatos Subterráneos (DVD, 2006, premio Andalucía Joven de Narrativa 2005), la novela en marcha Circular 07. Las afueras (Berenice, 2007), y diversos ensayos, como El lectoespectador (Seix Barral, 2012) y El sujeto boscoso (Editorial Iberoamericana, 2016). Es el autor de una curiosa aventura literaria titulada  Quimera 322 (2010), inclasificable proyecto sobre la falsificación literaria desde la teoría y la práctica, a través de 22 seudónimos, que apareció como n.º 322 de la revista Quimera. Ejerce la crítica en su blog Diario de Lecturas, I Premio Revista de Letras al Mejor Blog Nacional de Crítica Literaria. Su última aportación crítica ha sido La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015), editada por Vaso Roto el año pasado y de la que El Cuaderno 78 se ha ocupado mediante un amplio artículo de Javier Moreno.  Ha obtenido recientemente el XXVIII Premio de Novela Torrente Ballester con su novela Cabeza de vaca, una historia que combina diversos estilos y una técnica de fragmentación para contar la vida de un artista a través del testimonio de diversas personas que lo conocieron.

El Cuaderno ha contactado con Vicente Luis Mora en Estocolmo, donde impartirá en los próximos meses un curso universitario, y desde uno de los diversos no-lugares que ha de atravesar en su viaje hasta Avilés, nos envía una poética personal en marcha que, de un modo u otro,  formará parte de su intervención en el Centro Niemeyer.


/ Vicente Luis Mora /

Poética en marcha (fragmento nº 10)

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la madera de boj no flota, es más densa que el agua, y tampoco arte o tarda mucho en arder, mi cuñado Estanis dice que con la madera de boj se pueden hacer tres cosas, (…) pipas para fumar una mezcla de incienso, tabaco holandés y ortigas majadas, flautas para dormir ballenas (…) y consoladores para lanzadoras de jabalina.
[C. J. Cela, Madera de boj]

NO SOY PARTIDARIO, pese a frecuentar el psicoanálisis, incluso freudiano, de establecer nexos causales irreversibles entre la infancia y la realidad adulta; creo que uno, al cabo, es fruto de sus propias decisiones volitivas. Prefiero tender al revés los lazos, estableciendo puentes, llegada la edad mayor y a la vista de la personalidad libremente decidida, con aquellas manifestaciones de nuestro ser infante en donde esto que somos ahora se dejaba prever, podía columbrarse, se anunciaba de modo no fatal, sino como una de las posibilidades a concretar. Fijada de este modo inverso la flecha del tiempo, puedo entender ahora algunas fascinaciones. En primer lugar, mi precoz curiosidad sobre las regiones pelágicas marinas, casi siempre volcada hacia esas criaturas oceánicas que desde el mítico Kraken hasta el simple calamar gigante habitan las regiones fosfóricas donde la luz es el pretexto para cazar la vida. En segunda instancia, estaría mi fascinación por los juncos, esas pequeñas embarcaciones chinas que parecen de juguete desde lejos (y desde cerca), por el trenzado pasmoso de sus materiales flexibles. Y, en tercer lugar, la obsesión con los terrenos desérticos y desolados, desde Islandia al Sahara pasando por las White Sands de Tiempo.

Ahora, con la perspectiva de la edad, todo esto cobra sentido: la obsesión por las capas profundas del océano es un símbolo arquetípico, junguiano, de mi posterior dedicación a bucear en las capas ocultas de la conciencia, intuitivamente primero, sistemática y psicoanalíticamente después: el cerebro inferior como mundo por descubrir / escribir. Islandia y el desierto, en un segundo momento, simbolizan el grado cero de la existencia: el eje frío-calor, la escultura volcánica, la distancia, la grieta, la arena (las condiciones y metanoias del yo).

El trenzado del junco desvela la fijación constructiva, y la clave en él es el kevlar, aunque habría otras metamorfosis: la madera de boj, el bambú, la encía que según el sabio zen se mantiene más duradera que los dientes. Lo blando como símbolo de la permanencia. El simple tejido del kevlar consigue una resistencia ante las balas que no tendría una pesada plancha de acero. Además, el kevlar puede portarse. Se adapta al cuerpo. Lo protege y calienta. Señala al individuo amenazado. La constitución del junco oriental, la madera del boj, el chaleco antibalas, la caña de bambú que resiste a los huracanes: formas de lenguaje. Nos enseñan que la mejor dinámica constructiva es la que busca los puntos de torsión. Indican que quebrar no es destruir. Las láminas que el paciente calafateador chino amolda a la quilla, los dobleces que sufre el boj para insertarse junto a las otras palabras, quiero decir ramas; la hilatura sin resquicios del kevlar, son poéticas constructivas. En mi idolatría, ésta juvenil, por los poetas de la destrucción (Celan, Jabès, Valente, Haroldo de Campos, Beckett) latía una pulsión, no por la deshabitación absoluta de la sintáctica, sino por ese estadio anterior de quiebra que ellos habían superado sin verlo, sin entender que –a mi personal y muy discutible juicio– la victoria estaba en quedarse un paso atrás, detenerse a tiempo, doblar las palabras sin partirlas. Apreciar lo duradero en lo quebrado, pero aún vivo, reconocible como tal. Llevar el lenguaje hasta el punto de rotura sin superarlo, ése era y sigue siendo el objetivo.

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Autor: jaime priede

Editor de elcuadernodigital.com y autor del libro de poesía "El coleccionista de tarjetas postales" (Deva, 2000), de ensayo "Dejad que baile el forastero" (Bartleby, 2006) y de la novela "Un buzo en el bosque" (Malasangre, 2015).

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